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LAS POETAS
ALFORJA XIII

Las poetas

Neshé Yashin
(Chipre)

Para mi generación de mujeres en mi país (Chipre, que como se sabe está dividido en una zona griega y otra turca; los ancestros de Neshé son de cultura turca, pero ella vive en Nicosia, capital de la zona griega), el ser mujer es parte de una historia amarga, también ha significado un reto de lucha por una existencia más liberada. Cuando comencé a expresarme en poesía me percaté de que mi voz era muy diferente a la de los hombres poetas. Las razones de esto estaban en mi identidad de mujer y mi diferente acceso al mundo circundante. Yo no contaba con una herencia de numerosas mujeres literatas que me anteceden, pues en mi cultura (con una fuerte tradición musulmana) las mujeres han arribado muy tarde a la literatura; la sociedad descartó esa vocación para ellas y les reservó sólo la tarea del hogar y las confidencias. Pero yo descubrí que contaba con una gran herencia en la literatura oral, ya que la mayor parte de las palabras populares y la narrativa popular expresaban la interioridad creativa de las mujeres, como es el caso de Sherezada, la narradora de Las mil y una noches. Fue así que llegué a descubrir que yo tenía capacidad para hacer que hablara mi corazón, también contaba con una sabiduría que no estaba estructurada en las posiciones de la vida social. Paradójicamente, me había liberado por ser mujer, ya que no tenía las estructuras ni posiciones del mundo de los hombres: yo había sido excluida de sus políticas militaristas y de sus tomas de decisiones, de tal modo que nunca estuve atada a las cadenas que ellos sí tenían. Así liberé mi voz y luché a mi modo contra los tabúes, teniendo que crear un nuevo lenguaje para mi género.


Dolores Castro
(México)

¿Consideras que, junto con Rosario Castellanos, contribuiste a abrir brecha para la poesía femenina en México? Se puede hablar de una poesía femenina, o de poesía hecha por mujeres?

Sí creo que abrimos el cauce de la poesía femenina en México, pero no en el sentido de que nuestra poesía fuera superior a la de las otras, sino porque nos propusimos realizar una vocación, con disciplina y constancia. Cada una con entrega diferente, pues yo aprendí de Ortega y Gasset que lo más importante para uno es vivir, así que me casé, tuve muchos hijos; en cambio Rosario decidió dedicarse por completo a su vocación literaria. En cierto sentido abrimos las puertas a las mujeres hacia formas de vida más humanas y libres.
Al llegar a la cultura, a la educación, las mujeres teníamos algo diferente que decir: hay un habla femenina que proviene de la educación, no del género. Si bien la poesía es una, quienes la cultivamos podemos tener enfoques diferentes. Lo importante es ser fiel a uno mismo, a lo que quiere decir, entonces es natural que la mujer se exprese en forma diferente al hombre en la poesía. Rosario, por su formación filosófica y porque le tocó vivir en una etapa y en un lugar en que las mujeres tenían que luchar más, era más feminista. Pero no se puede generalizar: hay mujeres que escriben con un tono muy femenino como Gabriela Mistral, que habla de la sal, del pan, de la soledad, de la maternidad (que nunca tuvo), en cambio poetas como Elsa Cross no tienen un tono típicamente femenino en su poesía.



Delia Beatriz González
(Argentina)

Considero que sí hay una literatura femenina de la posmodernidad. Aunque no sea posible aún ver las diferencias con otro tipo de literatura mirando a primera vista los procedimientos discursivos utilizados, es posible diferenciarla por algunas temáticas recurrentes. Esta nueva literatura femenina ha empezado a nombrarse a sí misma construyendo un corpus semántico que comienza en su propio cuerpo y aún no termina. Ahora es la misma mujer la que se posee a sí misma y posee también el mundo que nombra. Aunque la temática sea semejante a las abordadas por los autores consagrados y a quienes muchas (Esquivel, Allende, Mastretta, etc.) tratan de emular, hay una intención de pronunciar las zonas prohibidas para liberarlas. Flujos, menstruación, orgasmos entran en la escena de una nueva literatura femenina. Es ahora ella la que se adueña del hombre y de sus jugos, nombrándolo sin dejar de lado ningún recoveco. Es también ahora la que denuncia un mundo doméstico cruel y estereotipado que la asfixia hasta convertirla en una esclava del siglo II. Es la que se atreve a denunciar sus propios cansancios, el miedo de ser madre y de perder su corporeidad para ser habitada por un ser que le arranca, aunque temporalmente, su libertad. Esta mujer protagonista está a años luz de las mujeres de Teresa de la Parra (venezolana de principios de siglo, quien superó a Rómulo Gallegos en su época con su Ifigenia, diario de una señorita que escribió porque se aburría), de una Gabriela Mistral (Chile) o de una Alfonsina Storni (San Juan, Argentina).
Dianela Eltit, joven escritora chilena, ha publicado una gran cantidad de novelas que revolucionan el ideario y el sistema de escritura contemporáneo. Sus obras plantean entre otras temáticas, la ruptura con los mitos bíblicos desde una osadía que la hace ser resistida cuando no desconocida en su propio país (algunas de sus obras: Los vigilantes, Por la patria, Aunque me lavase con agua de nieve, etc.). Su narrativa no arranca en los modelos dejados por un García Márquez ni por ningún otro varón consagrado. Ella es justamente uno de los máximos ejemplos para dar cuenta del nacimiento de una literatura femenina auténtica.
Por otra parte, creo que sí hay una diferencia ideológica entre los términos poeta y poetisa. Nadie aclara médico hombre, por ejemplo, o presidente varón. Y por otra parte, el uso que las comunidades lingüísticas hacen del término poetisa linda en lo peyorativo, y cuando uno lee poetisa pareciera que se leerá exclusivamente una larga rémora de poemas que lloran la partida del maravilloso príncipe azul (que por otra parte ronca y tiene miedo por las noches). En síntesis, las denominaciones que se nos dan no nos satisfacen por el momento. ¿Por qué? Tal vez por eso, porque somos mujeres insatisfechas con los modos de decirnos que huelen a ejercicio arbitrario del poder.
En cuanto a la discriminación editorial me parece que atañe a la poesía en general, no sólo la de las mujeres. Sin embargo, un hombre tal vez tenga que cumplir con menos requisitos a la hora de presentar sus propuestas.
Las revistas de poesía deben publicar eso, poesía. Poesía de la buena, sea de hombres o de mujeres. Si se le dedica un número a la mujer, entiendo que un dejo de complacencia pretende salvar las conciencias, ofreciéndonos un lugar como invitadas de último momento. La poesía femenina no es un animal en extinción. Es algo tan vivo como la de los hombres. Con sus diferencias, sus riquezas y debilidades igual que las de aquel.




María Guerra
(México)

Socialmente creo que hay una discriminación histórica de la mujer, y que existe en términos de que la mujer sigue siendo responsable de tareas que podrían compartirse. En términos de discriminación dentro de la literatura, creo que están involucradas cuestiones de poder. Mucha de la difusión tiene que ver con el poder, cuando vemos las becas vitalicias en el Fonca, vemos que la mayoría son hombres. Hay algunas mujeres que han tenido acceso, pero son mujeres con ciertas características, como esos hombres. Y aquí nos enfrentamos a un problema: si a las mujeres nos interesa o no el poder. Yo creo que sí, aunque creo que hay mucho miedo de entrar a una dinámica donde los hombres están más ubicados.
Creo que en términos de publicar un libro de poesía es difícil tanto para hombres como para mujeres, a menos que se tenga una trayectoria hecha. Todos tenemos la misma dificultad.




Niki Marangou
(Chipre)

Proviniendo de una tradición rural, y masculinista, ¿cómo figura la mujer en el horizonte de la literatura contemporánea de la isla, ya como autora, personaje o motivación?

Mi posición al respecto es radical. Sin duda la mujer se halla, en el campo del arte, en una posición más favorable que el hombre. Creo que la presión social sobre el sujeto masculino para que sea un triunfador o una figura importante, seria, en áreas como el comercio, la medicina, la ingeniería, etcétera, reduce las posibilidades para que los hombres elijan ser poetas, pintores, músicos, o artistas en general. La mujer en cambio no vive ese tipo de condicionamiento o represión, y ello provoca una presencia más numerosa de nosotras en las letras y en las artes.




Laura Lerner
(Argentina)

Creo que hay una literatura femenina que corresponde a una realidad en la que convenimos, que una generosa y creativa mitad de la humanidad somos mujeres y convenimos también en reconocer una energía femenina que está presente en todo lo creado y que entre encuentros y desencuentros junto a la energía masculina despliega un juego de asombro.
En cuanto a los términos poeta y poetisa, se me ocurre que poetisa es más simple y femenino y la connotación ideológica va a depender de quien usa el vocablo y quien lo escucha.
En cuanto a temáticas de género, creo que existen las que podemos abordar desde nuestra propia experiencia: Cuerpo y alma de mujer, ciclos femeninos, sexualidad femenina, gestación, parto, amamantamiento, maternidad, el ser abuela, etc. Hay entonces, considero. una mirada y quien escucha desde la identidad femenina.





Leticia Luna
(México)

Me inquieta este tema desde hace mucho, sobre todo en cuanto a la diferencia entre los términos poeta y poetisa. En algunos encuentros a los que he asistido, hemos cuestionado esto, sobre todo respecto a por qué siempre se especifica cuando se trata de mujeres poetas y no de hombres poetas.
En uno de estos encuentros, algunas de las mayores decían que el término poetisa es peyorativo. Sin embargo, otras señalábamos que existen términos que diferencian géneros, como es el caso de emperador y emperatriz, y decíamos que por qué nos vamos a negar a utilizarlo, pero ellas no lo aceptaban.
Yo pienso que finalmente la voz femenina va surgiendo como surgió la voz de los negros en América, como un grito de liberación igual que el grito de cualquier poeta.
En el caso de las mujeres nos ha costado atrevernos a decir las cosas. La cuestión es que nos educan para ser mujeres o para ser hombres, aunque realmente esas diferencias sean culturales o históricas. Somos educadas para hablar en femenino, como si nos pesara tanto el cautiverio, no sólo lo que pasa afuera, si nos publican o no, sino desde dentro, para también apropiarnos de lo que se dice que no es nuestro, o que ha pertenecido al mundo masculino. Esas limitaciones no sólo son externas por lo social y lo político, sino que tienen que ver con no atrevernos a romper con esos atavismos.


Mónica Velázquez
(Bolivia)

No creo en una literatura femenina, creo en temáticas cuyo énfasis es el
mundo femenino, pero la verdad desconfío de él si no es comunicable y
transmisible más allá de los géneros. No veo ideología en las palabras poeta o
poetisa, sino una fuerte disonancia muy poco poética en la segunda. Me
molesta más el sonido que el sentido. Tampoco veo discriminación, o si la
hay casi creo que se está volviendo positiva en cuanto el mujer y otras
minorías están de moda. Lo de las temáticas creo que más bien son mundos,
situaciones o miradas que, tradicionalmente, hemos atribuido a mujeres u
hombres aunque no siempre sea así. Como eso de mundos interiores femeninos
y mundos más exteriores masculinos.



Patricia Trejo
(Argentina)

Creo que no hay una literatura femenina como producción, más bien emplearía esta denominación para un estudio genérico dentro de un contexto, pero sí podría hablarse de un enfoque o temática feminista en la literatura, independiente del género del autor.
También creo que existe una diferencia ideológica en los términos poeta y poetisa, aunque no comparto esta diferenciación y no entiendo el
porque la otorgan.
En cuanto a la discriminación, sí existe, pero no lo veo como algo sectario, más bien como un ahorro de marketing y de coraje.
En cuanto a temáticas de género, creo que sí existen, pero en términos de frecuencia. Es decir, si bien la maternidad o la frustración de ésta y la herencia generacional, son más recurrentes en autores femeninos, como lo son la libertad y el contexto social en los autores masculinos, no por ello debemos etiquetarlos genéricamente.




Laura Jáuregui
(México)


Hay historia de mujeres en la cultura, pero todavía no es igualable (en cantidad) a la que habla de la participación de los hombres. Montones de nombres de hombres dominan los índices de los libros de arte, las antologías poéticas, los diccionarios de literatura. Hay muy buenas creadoras de objetos, pinturas, textos, movimientos, poéticas, pero desgraciadamente siguen siendo muy pocas. Tenemos miedo a escribir o crear porque no queremos revelar quiénes somos y porque nos espanta competir en el mercado cultural y literario masculino.
Se descubre la existencia de las mujeres con mentes geniales veinte años después de producida su obra o ya que están muertas. Las mujeres talentosas no son conocidas si no pertenecen a los círculos culturales oficiales. No las publican ni las exponen, mucho menos son dignas de ser comentadas por la crítica.
Todas las escritoras en algún momento de su oficio padecen el síndrome del miedo-a-publicar. Guardan montones de escritos que no se atreven a soltar pero no precisamente por la estricta autocrítica. Es un error añejar textos. Escribir debe ir seguido de una urgencia del desprendimiento (Brianda Domecq).
El término poetisa apesta a cursilería. Ha calificado a las mujeres que escriben poesía: mujeres reales que secretamente se desprenden de sus intimidades para ponerlas en papel. La poetisa equivale a la mujer de siglos pasados que habla de sí misma, de su sufrimiento, de sus amores tormentosos, de paisajes floridos, lunas y estrellas sin encanto. Puros lugares comunes. Tratándome de alejar de esta idea, yo les llamo mujeres poetas: las que derrochan sensibilidad aun sin hablar de sí mismas, con visión hacia las realidades externas, que abordan la vida con humor, se burlan, son críticas (y criticonas), no temen ser leídas, se reinventan en cada poema.
La menstruación, como la poesía, debe dejar de ser un pretexto para llorar y encerrarse en sí misma. Cuando ambas cosas fluyen es el momento óptimo para dejar salir nuestra creatividad. La Luna está de nuestro lado, ella también está pasando por ese proceso de reconstrucción. Aprovechemos las energías de la conexión mágica que ocurren entre la Luna, la poesía y nuestro cuerpo. Se agitan las mareas y las feromonas, las lágrimas y la sangre. Todo fluye con una misma tonada.
La seducción femenina plasmada en la poesía o en cualquier otra actividad creativa debe ser recurrente. Como en el amor, esta seducción debe incluir humor, juego, cachondez. Fuera las inhibiciones. Las verdades femeninas se deben mostrar y cotidianizar para que dejen de ser juzgadas como simples frivolidades.
A Sor Juana hay que copiarle su interés por todo, ahí está la clave. El interés por escribir de todo y la capacidad de sorprenderse son dos cosas que nunca hay que perder. Tampoco hay que perder la libertad de experimentar e ir hacia lo nuevo.




Myriam Leal
(Argentina)

Que yo conozca, no existe una literatura femenina. Lo que sí hay son revistas de mujeres y series de novelas rosa. Considero que el término literatura femenina abarca más.
En cuanto a los términos poetisa y poeta no creo que haya una diferenciación ideológica. Al varón no le decimos poeta varón sino el poeta, pienso debería quitarse la caracterización genérica y nos quedaría la poeta. Me parece que con el artículo basta. En cuanto al término poetisa, a mí particularmente no me gusta su sonido.
¿Que si hay discriminación editorial? De aquí a la China. De por sí la poesía es discriminada porque vende menos, y si deciden publicarla, a la hora de elegir, el varón tiene más posibilidad que la mujer de ser elegido.
Hoy en día no creo que haya temáticas de género. Pasa por la capacidad imaginativa de la autora (o del autor).


María Vázquez Valdez

(México)

La poesía no es un producto rentable en una sociedad cuyas prioridades son el dinero y las mercancías. Preocupados por crecer hacia fuera y en vivir para tener, vivimos sin sentir. Y entonces no hay poesía.
El impulso creativo, el imperativo de desbordarse es propio de cualidades humanas, sin distinciones. Así como japonesas, rusos o esquimales escriben poesía, así también negras, ricos, presas, vagabundos y hasta perfectos hijos de la chingada.
Como si entendiéramos lo que es la poesía. Como si pudiéramos apresarla, tenerla en una jaulita con su alpiste y decidir cuándo mirarla. Como si no fuera ella quien llega y se va como amante impredecible; ella, la que escoge el oído, las yemas de los dedos. Como si pudiéramos decidir de quién es privilegio, quién es merecedora o merecedor de sus encantos.
Estamos acostumbrados a discriminar a quien es distinto, a poner etiquetas, a dar calificaciones, a juzgar antes que considerar, que contemplar.
El problema se complica cuando la discriminación se mezcla con cuestiones de poder. Si durante siglos el poder y el dinero han pertenecido mayoritariamente a los hombres, por supuesto que ha habido una marginación histórica hacia las mujeres. De ello se derivan limitaciones de todo tipo, primero las impuestas desde afuera, desde una visión machista imperante, y en segundo término los miedos propios, la autocensura.
Señalar cuestiones que separan la poesía femenina de la poesía, o las poetas mujeres de los poetas, o las poetisas (por demás cursi) de los poetas, ya implica discriminación, y ésta, como cualquier enfermedad, debe ser combatida.
Más allá de discusiones que diferencian géneros, razas o generaciones, la poesía de todas y todos los poetas enfrenta además la marea adversa de un mundo construido sobre valores egoístas, contrarios a ella.
En el fondo de esta agua enmarañada en dimes y diretes destella la poesía como una perla ajena a la discriminación o al reclamo, atenta sólo al pulso que la llame, que la alcance en el silencio.

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